Antología II RA

El relato que tuve la suerte de que publicaran en la II Antología Encuentro RA. Quiero aprovechar para decir que es una pasada poder compartir unos días con un montón de gente que adora la novela romántica: lectores, escritores, editores, ilustradores... Gracias a las organizadoras por darnos la oportunidad de conocernos "en persona" a todos los que a diario nos vemos en la redes. Es emocionante poner por fin cara y sonrisa a tantas compañeras y amigas. br /> Aquí está mi aportación, espero que os guste :)


Esperanza

Era un día normal por la mañana. Eso se repetía una y otra vez. Era un día normal. Aunque hacía frío lucía un sol primaveral que animaba a salir a la calle. Así que eso hizo. Salir. Lo que fuera con tal de no quedarse allí encerrada entre esas cuatro paredes. Lo que fuera con tal de no ver, no tocar, no oler, nada que le recordara a él. Su familia, sus amigos, hasta su médico, le habían aconsejado distraerse, no pensar, estar ocupada todo el día. Como si fuera tan fácil. Como si ella quisiera.
Había abierto el armario una vez más tratando de ignorar su ropa: las perchas alineadas mirando al interior, como a él le gustaba ordenarlas, las camisas ordenadas por colores; los pantalones abajo, los oscuros a la derecha, los jeans al fondo. Toda su ropa seguía allí. También en los cajones, doblada en la forma acostumbrada, ocupando lugares diseminados por los muebles de la habitación.
Su ausencia se encontraba repartida en cada estancia. El televisor que él había comprado, el equipo informático en el despacho, sus libros de consulta, sus libros de lectura, esas pequeñas miniaturas de películas de súper héroes que él adoraba y que ella miraba fingiendo interés.
Los zapatos.
Esa había sido la manía que más le había costado aceptar. Él odiaba que se caminara por la casa calzada. Y ella, que había nacido en el norte de España, estaba acostumbrada a llevar siempre zapatillas o zapatos o botas, lo que fuera para protegerse del frío.
Allí estaba la muestra de su victoria: un mueble zapatero formado por unas simples baldas de madera blanca que ocupaba parte de la entrada a la casa, y en donde, sin escusa ni réplica, todo el que quería traspasar la siguiente puerta y acceder a su hogar, debía despojarse de los zapatos antes de poner un pie sobre la alfombra.
Un hombre podía conocerse por sus zapatos, eso decía él.
El suelo resplandecía, limpio, pulido, sin rastro de polvo o pelusa.
Todo estaba listo para su regreso. Porque aunque ella hubiera aceptado silenciosa y dócilmente los consejos de todos por continuar adelante, solo era en apariencia. En su interior continuaba esperándole.
Tal vez siempre lo esperaría.
Cerró la puerta al salir, con cuidado de no olvidar ninguna vuelta en la llave. En los últimos días se había vuelto un poco maniática con esas pequeñas cosas. Contaba las vueltas de la llave, contaba los pasos al ascensor, contaba los pisos hasta llegar al garaje. Contaba.
Tenía la sensación de llevar contando días y días.
Contaba las horas, los minutos, los segundos, mientras esperaba.
El tiempo se había convertido en su enemigo. Se deslizaba lento, pesado, frío, dejándola esa sensación de invierno en el corazón pese a que la primavera daba sus primeros signos, avisando de que pronto llegaría.
¿Quería ella que fuera primavera?
No. No quería. Porque eso significaría que habría pasado demasiado tiempo sin él.
Miró a su alrededor y vio las flores. Sin darse cuenta se había dirigido a la floristería frente a su casa. Tenía que comprar algunas, sí. A él le gustaban. Al principio le había chocado un poco que a un hombre le interesasen los arreglos florales, las plantas, pero lo aceptó como otro de los rasgos extravagantes y hermosos que le hacían único. Entró en la tienda y bajo la mirada tierna y triste de la vendedora eligió un centro muy sencillo de orquídeas blancas y amarillo pálido.
Seguro que le gustarían.
Estuvo caminando mucho tiempo, tanto que al final su estómago rugió de hambre y ella empezó a pensar en regresar a casa para hacerse algo de comer. Aún así caminó un poco más, se paró en el escaparate de una librería, más adelante en una boutique de ropa, también en una tienda de electrodomésticos. Lo que fuera con tal de no regresar todavía y tener que volver a enfrentarse con el silencio, con la realidad de su soledad.
Pero al final sus pasos la llevaron de regreso a casa. A su casa. La casa que habían comprado juntos y él había decorado con ella, la casa con esa minúscula terraza en la que Carlos tenía costumbre de sentarse a leer los domingos tomando café mientras ella hablaba por teléfono con su madre o su hermana o cualquier amiga, perturbando el silencio que sabía que él adoraba, pero que a ella se le hacía a veces tan pesado.
Esas noches a solas se había imaginado que él estaría sentado en una playa, con sus libros y sus gafas de sol, con un sombrero, quizá con una camiseta para no quemarse. Sí, seguramente en cualquier momento cogería el teléfono móvil y la llamaría. Entonces discutirían. Porque ella no se lo iba a poner fácil, no señor. Él le explicaría que todo había sido un error, que se le habían pasado los días descansando, que estaba bien, a salvo, y volvería en unos días más, en cuanto encontrar un vuelo.
Julia contó los pisos que subía el ascensor, contó los pasos hasta la puerta, contó las vueltas de la llave antes de abrir. Entonces un escalofrío recorrió su espalda. Estaba segura de que había cerrado por completo.
Cargada de miedo abrió, cerró al entrar, se quitó los zapatos. Cerró los ojos un segundo al escuchar el ruido conocido.
—Julia.
Pero no tuvo fuerzas para mirar. Hubiera caído al suelo si los brazos de Carlos, fuertes y rápidos, no la hubieran cogido cuando las rodillas la fallaron.
El miedo, ese que estrangulaba su corazón, no la permitía atreverse a comprobar por sí misma que él estaba allí, a mirarlo, a tener la prueba de su existencia.
Carlos la besó sin dejar de repetir su nombre en susurros, acariciando sus labios con cuidado estrechándola contra su pecho, callando los casi inaudibles gemidos por el llanto, templando su temblor, limpiando sus lágrimas con las yemas de sus dedos.
La amó allí mismo, sobre la alfombra oscura y tupida que marcaba el comienzo de su hogar. Julia sintió sus besos descender desde su cuello hasta su ombligo, apartando la camiseta con prisas, con ansias, le escuchó jadear y repetir mil palabras cargadas de amor, de pasión, de gozo, y el cálido y fuerte cuerpo de él la embistió borrando todos esos minutos vacíos, esos segundos de tristeza, de angustia, de agonía.
>Entonces pudo por fin abrir los ojos.
Carlos estaba allí, mirándola sin parpadear, sus ojos oscuros devorando cada centímetro de su piel, y todavía la acariciaba y seguía fundido con su cuerpo, como si no quisiera separarse, y eso estaba bien porque ella no estaba preparada para el frío, no quería volver a sentirlo.
—Nunca vuelvas a marcharte.
—Te amo —fue su única respuesta.
No hubo más palabras. Él se levantó y la ayudó a incorporarse. Julia vio en un rincón una bolsa de viaje vieja y rota. Allí estaba Carlos, desnudo igual que ella, recogiendo las prendas caídas en el suelo. En su espalda permanecía el rastro de algunas heridas, también una cicatriz nueva en el muslo. Su piel estaba mucho más tostada y en sus sienes eran visibles y claras las sombras blancas de las patillas de las gafas de sol.
Miró a la entrada y pudo ver unas botas que parecían haber recorrido muchos kilómetros, gastadas y con rastro de polvo en los cordones.
Nunca sabría de dónde venía aquel polvo.
—Vamos, quiero darme un baño contigo. Hace días que sueño con un baño.
Ella aceptó su mano y le siguió.
No habría preguntas, ese era el trato. Ella no preguntaría dónde había estado y él fingiría que no había desaparecido durante un mes. Luego, durante los días siguientes, los retazos de conversaciones, algún regalo que él siempre traía para ella, podrían darle alguna pista del continente al que él había viajado, y ella miraría los viejos periódicos tratando de descubrir cuál había sido el conflicto o la emergencia que le había apartado de su lado.
Pero eso sería más tarde. Ahora lo único que quería era descansar, por fin, a su lado.

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